Niños con sobrepeso emocional



En España hay una preocupación habitual en los medios por los niños con sobrepeso que rozan la obesidad. A mí, particularmente, me preocupan los que tienen sobrepeso emocional. Me preocupan no sólo porque los veo sufrir a su corta edad, sino porque observo que su número va en aumento año tras año. Chicas que una semana tras otra nos encontramos en el pasillo del instituto, hiperventilando con una crisis de ansiedad que termina en urgencias. Chicos desatentos en clase porque su mente está en casa, en lo que allí sucede, y se remueven inquietos en el pupitre. Y tras esos síntomas, una y otra vez, descubro adolescentes con una posición inadecuada en su sistema familiar. Los alumnos/as con ansiedad son en muchos casos cuidadores emocionales de sus padres. Hijos que protegen por ejemplo a una madre que se ha quedado sola tras un divorcio que nunca deseó o a unos padres frágiles que no pueden ser sensibles a las necesidades de sus hijos porque ellos mismos necesitan ser cuidados. Así, estos chicos se convierten en pequeños adultos, en padres de sus padres. Escuchar su historia conmueve a la vez que sobrecoge. Con cuatro años ayudaban en casa, siempre recogían los juguetes, nunca tuvieron que recordarles las tareas del colegio. Median en las discusiones de sus padres y aconsejan a sus hermanos. Son además los más preocupados por los problemas de sus amigos y los más autoexigentes en los estudios. Orgullosos de su posición en la familia pero con sobrepeso emocional, muchos de ellos han probado ya los ansiolíticos. Aún más quebrados veo a los chicos implicados en la conflictividad conyugal. No tanto a los chiquillos que la sufren desde su lugar natural de hijo estremecido, sino a los que se convierten en aliados de una de las partes y niegan a la otra, los que defienden, riñen, se enfrentan a un adulto poniéndose a su nivel. Sospecho que todo esto tiene que ver con la sobreexposición actual de los menores al mundo adulto. Hoy los padres divorciados en conflicto les cuentan los detalles de sus disputas y del dinero que les deberían pasar, lanzándolos sin compasión a lo más sórdido del mundo de los mayores. Pero esta conducta no es privativa de los divorcios, sino que muchos matrimonios estables les cuentan también sus problemas. En otra época, cuando un niño se aproximaba a dos adultos que charlaban, la frase acordada era "hay ropa tendida" para cambiar de conversación. Hoy hemos pasado de ese extremo a inundarlos con cuestiones que deberían ser del ámbito exclusivo de los padres. Cierto es que durante años nos han bombardeado con la idea de que tenemos que comunicarnos con nuestros hijos, pero sin orientarnos sobre cómo hacerlo. Lo que ayuda a los niños es que les hablen sobre las razones de las normas que les atañen, de las decisiones familiares que les implican, explicarles que no son los culpables de las separaciones. Pero no les beneficia saber los detalles de la crisis de la pareja ni de los desacuerdos en la pautas educativas. No necesitan escuchar: "Tu padre es demasiado duro contigo, si traes malas notas no se lo diremos", "tu madre nos dejó porque conoció a otro", "tu padre ya no me hace caso como antes". Pero ¿cómo dejar de apoyarnos en ese hijo que nos comprende y nos escucha, cómo negarle que se enfrente a nuestra pareja o ex pareja cuando creemos que es eso lo que el otro merece? Por amor, por ese inmenso amor que les profesamos. Un alumno de trece años me lo expresaba hace poco: "He comprendido que yo soy un niño que tiene que dedicarse a las cosas de niño y mi madre tiene que buscar a otros mayores para que le ayuden en sus problemas de mayores". Afortunadamente, ella también lo entendió. Otros padres conscientes empiezan a decir con más frecuencia: "Gracias, cariño, por querer ayudar, pero éste es un tema de papá y mamá". El pasado 24 de enero se celebró el I Encuentro Intersectorial de Salud Mental en Cádiz, donde nos reunimos muchos profesionales preocupados por el llamativo incremento de demandas de atención médica a menores que sufren. Y allí se habló del problema de los niños "confidentes", de los niños "colchón" que median entre los padres, de los niños "edredón" que arropan al que consideran víctima, de los niños "escindidos" que no tienen permiso para nombrar a uno de sus padres delante del otro. Y se trató la urgente necesidad de dejar a los menores al margen de muchas cosas. Los profesionales estamos dispuestos a ayudar a las familias en este camino, pero necesitamos a los padres, que son los primeros en el corazón de sus hijos, atreviéndose a dar este difícil paso de protección y de amor.

Articulo de Eugenia Jiménez Gallego. Psicóloga y orientadora de Secundaria que aparecio publicado en el Diario de Cadiz y remitido por un amigo a mi correo.


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