Las gafas de Martín, cuento para fomentar la autoestima

El hombre no debe desertar de su vida.

Ha nacido,

y por ello le corresponde vivir la plenitud de su vida, ZENSEI.

Y, sin embargo, quien vive no es él.

La Naturaleza es la que en él vive.

La Vida emana del deseo de la Naturaleza

y, al cumplirlo, el hombre cumple con su propia naturaleza.

Vivir su vida es el único destino natural,

es el único camino humano.




El hombre no debe dejar de disfrutar de su vida

ni tampoco de cultivar incesantemente

el camino de zensei, la vida plena

porque es un ser consciente.

Sin embargo, cuando viene la muerte, tampoco debe temerla,

sino aceptarla y vivir su última hora tal cual es.

La vida humana no posee finalidad en sí misma,

sino en la Naturaleza.

La función del hombre no es otra que la de realizar su vida

y le visita la muerte cuando ha cesado esta función.

Existe la vida, y por tanto, la muerte.

Este es el deseo de la Naturaleza.

Debe ser respetado.




Vida y muerte no son dos, sino una.

El hombre vive porque sí:

éste es su camino, su finalidad, su misión.

Su vida no le pertenece, es Naturaleza.

Sin embargo, sin un ser consciente para vivirla,

¿Qué sería la Naturaleza?

La Naturaleza vive en el hombre.

Porque existe el hombre, existe la Naturaleza.

Esta fuerza actúa a través de él.

Comprendámoslo.

Empleémosla.




Todo cuanto hay en el Universo existe

porque lo percibe el hombre,

y adquiere significado porque el hombre obra en él.

Por la existencia humana cobra valor toda existencia.

¿Qué podríamos temer? Nada.

¿Qué debemos buscar? Nada.

Lo único temible es nuestro yo.

Fuera del yo, nada en la vida merece temor.

Entendámoslo.




La fuerza de la Naturaleza no se asienta en ella misma,

sino en el hombre.

No hay fuerza propia ni fuerza ajena.

No hay dependencia, no hay autonomía.

La fuerza es una sola.

Contemplada desde nosotros mismos, es nuestra,

contemplada objetivamente, es externa.

Tanto una como otra, indiferenciables,

participan de una misma función.




Cuando coinciden,

cuando se unen estas dos fuerzas,

se convierten en una fuerza real.

Por ello no debe existir temor en el hombre,

pero tampoco engreimiento,

ya que su vivir se apoya en la fuerza ajena

y no en la propia,

ya que su vivir se fundamente en su fuerza propia

y no en la ajena.

Y sin embargo, el hombre debe creer en su propio poder.

En cuanto nace, ya está vivo.

Crecimiento, reproducción, vivencias,

éste es el arte supremo del ser vivo.

Aquí está tu fuerza propia. Descúbrela.

Es el camino para llegar a conocer la fuerza ajena

y percibir lo divino.


Medita.

Siéntate con calma y medita:

Yo existo.

Haruchika NOGUCHI. Fundador del Seitai.

--
Jaume Guinot
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