La maternidad: mucho más que una revolución emocional

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"La maternidad es un periodo de plenitud en el que la mujer se siente realizada y en el que no hay otro estado que la felicidad" es una idea que forma parte del acervo de creencias populares que, desafortunadamente, suponen un mito imposible de alcanzar para muchas madres. La realidad es mucho menos idílica. Junto a los cambios físicos y biológicos (alteraciones hormonales, sobrepeso, posibles complicaciones…), las madres experimentan un giro brusco en su estilo de vida, sus rutinas diarias y sus relaciones sociales. Asimismo, la responsabilidad de cuidar a un bebé, más aún si es una nueva experiencia, junto a la habitual falta de sueño asociada a este periodo, supone una carga añadida de estrés que puede tener un impacto negativo en la salud mental y en el bienestar psicológico de la madre.
De hecho, el nacimiento de un bebé es un acontecimiento asociado a una elevada morbilidad de trastornos mentales. La literatura ha mostrado que este suceso, aunque deseado, puede aumentar el riesgo de la madre a padecer no sólo los denominados "maternity/baby blues" (periodos de estado de  ánimo depresivo, irritabilidad, sueño o apetito alterados, ansiedad y llanto, que suelen aparecer a los pocos días de haber dado a luz y remitir a las dos semanas), sino también trastornos de salud mental comunes, como la depresión o los trastornos de ansiedad, e incluso trastornos mentales graves, como la psicosis posparto, así como agudizar los síntomas psicóticos asociados a trastornos mentales crónicos presentes previamente (sobre todo, si el comienzo del embarazo implica la interrupción de un tratamiento psicofarmacológico previo).
Los estudios más recientes evidencian que los trastornos de salud mental están presentes en una de cada cinco mujeres durante el periodo perinatal, es decir, el periodo que abarca desde el embarazo hasta el primer año tras el alumbramiento (Davies, 2015).
Específicamente, y teniendo en cuenta que los datos suelen variar debido a las diferentes muestras e instrumentos diagnósticos utilizados, se estima que la depresión posparto afecta alrededor del 19-20% de las mujeres (Werner, Miller, Osborne, Kuzava, & Monk, 2015; O'Hara y Wisner, 2014) y que este cuadro diagnóstico, que puede incluir ideación suicida, es más prevalente entre el segundo y sexto mes tras el nacimiento del bebé, teniendo una duración mínima de 7 meses en la mitad de los casos (Bobo y Yawn, 2014).
La prevalencia de los trastornos de ansiedad es también mayor en las mujeres durante el embarazo y posparto que respecto a las mujeres no gestantes, situándose en el 13% a lo largo del periodo perinatal, y mostrando además una elevada comorbilidad con los trastornos del estado de ánimo (Howard et al, 2014; Grace e ta al., 2003; O'Hara y McCabe, 2013).
Otros problemas de salud mental como el trastorno obsesivo-compulsivo y el trastorno por estrés postraumático (TEPT) están recibiendo igualmente una atención creciente por parte de los investigadores. Un reciente metaanálisis ha puesto en evidencia la importancia de evaluar y tratar las rumiaciones, dada su elevada incidencia en el periodo posparto y el intenso malestar que causan en las mujeres (Russell, Fawcett y Mazmanian, 2013). Por otra parte, algunos estudios muestran que el 3% de las madres puede desarrollar TEPT, aumentando esta cifra al 6% en las mujeres que han sido intervenidas con cesárea de emergencia (JCMH, 2012; Howard et al., 2014). Asimismo, las mujeres ingresadas en unidades de cuidados intensivos, las que han sufrido una pérdida obstétrica o las que han tenido un bebé con una enfermedad médica grave o que ha sido ingresado en la unidad de neonatos tienen un mayor riesgo para este trastorno (NICE, 2011).
En relación con los trastornos psicóticos, si bien la prevalencia es menor que en el caso de los trastornos depresivos y de ansiedad, los efectos pueden ser tan graves que también merecen su reconocimiento. Los estudios muestran que  la psicosis posparto se presenta con una tasa de 1-2/1.000 mujeres gestantes durante la segunda y cuarta semanas después del parto, siendo su progresión muy rápida y acompañándose de delirios paranoides o de grandeza, cambios de humor, pensamiento alterado y comportamiento gravemente desorganizado, lo que implica un cambio radical en el funcionamiento previo de la madre (Sit et al., 2006; JCPMH, 2012).
Las expectativas de felicidad no cumplidas, las nuevas obligaciones y la aparición de problemas de salud mental pueden causar un intenso sufrimiento en la madre, interfiriendo seriamente en su adaptación a esta nueva etapa y en el cuidado del recién nacido. Si los problemas psicopatológicos no son detectados ni tratados a tiempo, la autoestima de la madre puede verse dañada de manera prolongada, así como las relaciones con otros miembros del entorno familiar y el establecimiento del vínculo madre-hijo, lo que se ha demostrado que tiene un efecto negativo en el desarrollo físico, emocional, social y cognitivo del bebé (Stein et al., 2014; Dennis y Koren, 2013; Howard et al., 2003; Murray et al, 1996; Grace e t al., 2003; Frokjaer, 2015; Pinsonneault et al., 2013). En los casos extremos, la depresión y la psicosis puerperal no tratadas han dado lugar al suicidio (considerado uno de los principales motivos de fallecimiento materno el primer año después del parto) y/o al infanticidio materno. A este respecto, se estima que el 25% de los fallecimientos maternos que ocurren entre las seis semanas y un año después del embarazo se deben a trastornos mentales (MBRRACE-Reino Unido, 2015).
Las implicaciones de la presencia de problemas de salud mental en mujeres en el embarazo y posparto son, por tanto, dignas de tener en cuenta, siendo consideradas por algunos organismos internacionales, como la Organización Mundial de la Salud, un"serio problema de salud pública". No obstante, y a pesar de esta elevada incidencia y de las graves consecuencias para la salud, nos encontramos ante una nueva paradoja sanitaria: las mujeres embarazadas, las más vulnerables a presentar problemas de salud mental, son las menos protegidas del sistema sanitario. Habitualmente, y en concreto en nuestro país, no se considera la evaluación rutinaria de la presencia de trastornos psicopatológicos ni se incluyen intervenciones psicosociales eficaces de prevención y tratamiento en la cartera de servicios del sistema sanitario público para este grupo de pacientes.

fuente: infocop

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